Ilustrísimo Señor,
Con fecha 26 de abril próximo pasado
se sirve V.S.I. pedirme informe circunstanciado
sobre los hechos que han ocurrido
en este lugar y que han ocasionado
diferencias mías para con las autoridades
de este mi feligresía y de que han
instruido queja al Supremo Gobierno
del Estado. Las ocurrencias son las siguientes.
Al acabarse los divinos oficios en mi
Parroquia en el sábado de gloria encuentro
que en la plaza y frente de la
misma Iglesia se hallan dos fandangos,
una mesa de juego y hombres que a pie
y a caballo andan gritando como furiosos
en consecuencia del vino que beben
y que aquello es ya un desorden
muy lamentable: sé que esto es en todos
los años en los días solemnísimos
de la resurrección del Señor y solo que
ya sabemos cuantos crimenes y ecsesos
se cometen en estas diversiones,
que generalmente se llaman por estos
puntos MARIACHIS,' solo nosotros
porque lo vemos, lo podemos creer y
nos horrorizamos al ver que no hay autoridades
que repriman desórdenes reprobados
por la moral y las leyes que
nos rigen.
Yo fui luego a la Autoridad local y le
supliqué se sirviera impedir estos males,
principios de otros muchos mayores y no
logré mi deseo pues se me alegó la COStumbre
y perjuicios que seguirían a IOS
comerciantes interesados en la venta de
licores y otras razones de esta clase.
El desorden crecía por momentos yo
deseaba en cada instante evitarlo. No
accedía la Autoridad y entonces me dirigí
al lugar en donde se hallaban los
fandangos, pedí los instrumentos y me
los dieron, supliqué a los que jugaban
naipes que dejaran de hacerlo y se abstubieron
y luego también rogué que se
levantara del suelo a un infelíz que se
hallaba tirado ahogado del vino, y lo levantaron.
Todo esto lo hice, lllustrisimimo Señor,
no con estrépito ni mucho menos abofeteando
a alguno como se indica en el
informe, pues habría sido temeridad hacer
esto un hombre solo en medio de
una multitud y poseida del vino en muchas
partes.
Después de todo esto el Alcalde me
puso el oficio que original acompaño a
V.S.I. el cual me pereció prudente no
contestar. Luego el mismo Señôr reunió
una contribución pecuniaria para traer
nuevos músicos que vinieron y formaron
un fandango que duró desde el sábado
hasta el lunes.
Cuando me ví así burlado por fa Autoridad
que debía sostenerme en un
caso en que solo se trataba de evitar
desórdenes y escándalos públicos, toqué
las campanas y reunidos que fueron
mis feligreses les anuncié que me
retiraba al Pueblo de San Juan Baustista
que dista de la cabecera de cuatro a
cinco leguas, y que ahí auxiliaría a los
que lo necesitaran. y asi lo verifiqué
mientras estube en dicho Pueblo, pues
auxilié a la Esposa del Alcalde mismo, a
una cuñada suya y a cuantos me procuraron,
y solo murieron sin sacramentos
la suegra del referido Alcalde porque su
muerte fue violenta y no me avisaron y
otro de un rancho a quien no alcanzé vivo.
Mientras estube en San Juan, vine a
este un Domingo y por la tarde hice la
instrucción doctrinal a que estamos
obligados los Curas y entre la semana
dije misa. resistiéndome solo a hacerlo
en día festivo para que entendiecen que
el desorden que en tales días introduce
la reunión debe traer algún castigo.
Hacen méritos los quejosos de que
me retiré a la feligresía de Santiago Ixcuintla.
Esto Illmo Sôr es falso. La feligresía
de Santiago y la mía están separadas
de una manera muy natural y conocida,
pues la línea divisoria es el río
de San Pedro y el Pueblo de San Juan
está al Norte de dicho río y Santiago a
la frente del sust. San Juan asi como
San Diego y Santa Fe fueron pertenecientes
a las misiones de Nayari y desde
que estos pueblos han quedado
abandonados pasada que fue la revolución
del año de diez, buscan el auxilio
en el pueblo más cercano y lo es Rosamorada,
pués San Juan solo dista de
cuatro o cinco leguas, como llevo dicho,
y los otros puntos un poco más y así de
hecho y por necesidad son de esta feligresía,
pués desde mucho tiempo a
esta parte los matrimonios y demás auxilios
los reciben de aquí y por lo mismo
yo quedé en mi feligresía, y si me retiré
de la cabecera no fue para negarles los
socorros, pues se los ministré, sino por
dos razones, la una para que experimentaran
algún castigo y la otra para
evitar la ocación de nuevos insultos a
mi persona. Cuando las cosas se han
calmado cuando el Sôr Director de Acaponeta
ha hablado conmigo y he tenido
alguna garantía para conservar el de coro
del Párroco, yo he vuelto a la cabecera y
me encuentro a ella.
Esto es Illmo Sôr lo que con toda
verdad ha pasado: bien podrá suceder
que me haya ecsedido en algo, pero mi
fin en todo no ha sido otro que el deseo
de conservar la dignidad del Párroco.
Dios Ntro Señor guarde a V.S.I. muchos
años.
Curato de Rosamorada, mayo 7 de
1852.
Cosme Santa Anna
Sr. Cura de Rosa Morada. Quedo informado
de la comunicación de U tha del
pasado a que acompaña el oficio que le
dirigió el alcalde de ese lugar en cuya
comunicación trata de vindicarse de los
cargos que las autoridades de ese mismo
lugar hicieron a U ante este gobierno
por sus procedimientos tenidos apenas
llegado a su beneficio y que justamente
llamaron la atención de este
mismo gobierno.
Aunque sus comportamientos hayan
procedido de su zelo por la integridad
de las costumbres y veneración al lugar
sagrado; tal espíritu no es honesto ni
excusa su modo de obrar en el exterior
pues Use arrojó verdaderamente facultades
que no tenía como le dijo justamente
el Alcalde: a U no correspondía
suspender con autoridad propia las diversiones
que fueron ocasión del escándalo
que dió al pueblo; sino representar
a la autoridad civil la inmoralidad
e inconvenientes de ellas, y en caso de
no ser oido elevar su queja al S Gbño
para que el desorden se corrigiera por
las vías legítimas y ordinarias: orando
entre tanto como Pastor para que Dios
remediara los males que no estaba en
su órbita quitar, pues todo ese influjo en
las cosas que no son de su fuero; debe
consistir en la palabra, en protestas con
constancia y energía contra los abusos,
y la experiencia ha probado que exceder
estos límites que señala la misma
naturaleza del ministerio parroquial
acarrea funestas consecuencias dividiendo
las autoridades e inquietando al
pueblo; más lo que ha ocurrido ahora
servirá a U de experiencia para que en
lo subsesivo se porte con más prudencia
y moderación discerniendo lo que
esta en sus atribuciones y facultades de
lo que toca a la autoridad civil y alendiendo
sobre todo al caracter de suavidad
con que debe regirse el pueblo a
quien se pone en ocasión de cometer
faltas en la persona del Cura. Dios.
Me encontré casualmente con este
documento, cuando andaba detrás de
Manuel Lozada, en una investigación
que se acabará quién sabe cuándo. Es
de mucho interés en varios aspectos:
ilustra los conflictos cotidianos que podían
llevar autoridades civiles y eclesiásticas
al enfrentamiento, en el siglo
pasado y como hoy también; explica
como la confusión entre los dos reinos
y el autoritarismo expansionista de los
curas puede engendrar el anticlericalismo
de los funcionarios y de la élite local,
vejada en su poder y en sus intereses
materiales. Es también un testimonio
precioso sobre el conflicto permanente,
tan viejo como la religión, entre
la depuración de la fé que quieren llevar
a cabo ciertos hombres, sacerdotes o
laicos, y la resistencia de tradiciones
casi imposible de desarraigar. El conflicto
entre Méndez Arceo, obispo de
Cuernavaca, y ciertas parroquias de su
diócesis que corrieron a los sacerdotes
"desfanatizadores" no es diferente del
lío que se armó en Rosamorada en
1852. Cincuenta años después, las cosas
seguían igual, ya *que Julio Pérez
González lamentaba en sus Datos Estadísticos
del Territorio de Tepic (1895)
que, alejada Rosamorada de las poblaciones
de más consideración del Territorio,
"aquellos campesinos habitantes
están ávidos de diversiones, y con el fin
de procurarse alguna distracción forman
bailes públicos, que llaman "Mariaches",
con una musica rústica, al aire
libre; y se entregan con frenético entusiasmo
a ese género de entretenimiento,
en el que se usaba de las bebidas alcohólicas,
y regularmente, el baile se
prolonga por dos o tres días consecutivos;
y de allí, además de los que quedan
heridos o maltratados por riñas que
siempre se suscitan en aquellas reuniones,
resultan muchos enfermos de fiebre,
neumonía o disentería, que son allí
las enfermedades reinantes. Por desgracia
esas costumbres son generales
en todas las poblaciones pequeñas y
rancherías de la costa relacionada; y el
recurso más eficaz que hay para la morigeración
de las costumbres, es la
emulación, por medio de la inmigración
de gente moralizadora que se mezcle
con los habitantes de aquella comarca".
Por fin, nuestro documento permite
hacer caminar la discusión sobre el vocablo
"mariachi". La versión turística
más difundida según la cual procede de
la palabra francesa "mariage" (boda).
en tiempo de la Intervención, es buena
broma, y nada más. De Don Nacho Dávila
Garibi (1888-l 981) hasta Pedro
Castillo (1973, Santiago Ixcuintla, cuna
del mariachi). no faltan los defensores
del carácter americano de la palabra.
LOS patriotismos locales han vuelto
apasionada la discusión ¿será de Tecalitlán,
de Cocula o de Santiago Ixcuintla
el mariachi? Se pelea el vocablo, desde
luego, no el conjunto musical promovido
tan exitosamente por Jalisco. Dávila
Garibi, quiere a toda fuerza que el vocablo
mariachi sea "coca" y que esa "música
típica, bulliciosa y alegre" haya tenido
su cuna" en Cocula, Zacoalco y
otras poblaciones que en lo antiguo formaron
parte de la nación coca".
El maestro Pedro Castillo Romero
parece tener razón. según Don José
Ramírez Flores, al escribir: "la palabra
mariache o mariachi se deriva de la lengua
pinutl, lengua hermana del cora,
que significa tarima, entablado, estrado
o suelo movible." Tiene su origen en un
árbol del noroeste, de la familia de las
acacias de donde se hacían las tarimas
para los bailes.'
Don José siempre se ha manifestado
incrédulo sobre la autenticidad de los
vocablos que se nos daban de la lengua
llamada coca; pero puede reconciliar el
sur Jalisco con Nayarit: relaciona de
manera convincente en sus estudios' a
pueblos coras de Nayarit con la región
de los excantones de Sayula y Autlan, y
encuentra una posible presencia del
cora en Jalisco, "hablado con el nombre
de 'pinome', o 'pinul' o 'pinonuquía' y
esta mesma dicen que es la de
los coras y coanos y Vaincinitecas" (citando
al P. Ponce).
De todos modos, ya tenemos un testimonio
anterior a los años de la Intervención
francesa. Tiene peso científico,
aunque no le pueda quitar fuerza a la leyenda.
Terminaremos dándole la palabra
a Enrique Barrios de los Ríos, en su
hermosa obra Paisajes de Occidente
(1908); ya verán que los fandangos que
horrorizaban al pobre P. Santa Anna no
aflojaban, y que la famosa "tarima"
(mariachi) era el centro de la fiesta. Don
Enrique nos habla de Santiago Ixcuintla
(como Pedro Castillo) y nuestro documento
es de Rosamorada. Eso no tiene
la menor importancia, se trata de dos
pueblos vecinos y hermanos.
'*Anímase varios días con el rebullicio
de fa feria y la fiesta petriótica anuales,
que atraen á la población de los lugares
comarcanos, y en la primera la in-
vade, venida de tierras lejanas, una
bandada de buhoneros, tahures, mujeres
de la vida, que van á halconear,
mendigos y garduños que meten en
cuidado por relojes, mascadas y portamonedas.
Pasa el pueblo la mañana de los
días de feria, en las lides de gallos, en
las que hay orquesta, cantadoras de
valses, polkas. danzas, y bailarines de
can-can y jarabe, desfiguradas por el
enjalbiego de blanquete en cara, cuello
y brazos, con mayos en el tocado, nagüilla
corta de gasa, medias hasta el
muslo y botines blancos; y hacer piruetas
bajo el tinglado de palmeras, sobre
la arena del reñidero, donde corrió la
sangre, se esparcieron las plumas de
valientes y encoraginados gladiadores y
cayeron exámines los vencidos.
Antes del espectáculo, recorre las
calles céntricas la música, al son de la
cual van las cantarinas entonando valses,
polkas, danzas. Síguenlas dos portadores
cada uno de un gallo que llevan
mostrándole al público, y entre ambos
portaestandartes, un portafuegos arroja
al aire atronadores cohetes.
La tarde es consumida en el ancho
coso, año por año levantando de estípites
de palmera, sombrados los palcos
de hojosas ramas. Es la función clásica,
la que anima la feria. Allí se entusiasma
y se enfurece el pueblo; grita, silba,
aplaude, abandonado el supremo goce
de aquella lidia obstinada y cruenta.
Los toros son anunciados desde la
víspera, por la tarde, y todo el día de la
corrida, desde la madrugada, con un
tambor y una chirimía á dúo por las calles.
Al ronco redoblar del uno, silba ladinamente
la otra, con son triste y monótono,
que me hace recordar las antiguas
procesiones de Semana Santa,
que había en la parroquia de Jesús, en
Zacatecas.
La noche está consagrada al juego.
al vino y al amor.
En torno al jardín de la plaza principal
se levantan tiendas de campana, y
dentro de éstas se suspenden lampiones;
se arman poyatas, anaquelerías y
mostradores; se colocan mesas y sillas.
En una calle cubren el pavimento de
guijarros las frutas y hortalizas; en otro.
las pescaderías, en una tercera se alinean,
en doble fila, numerosos tabancos,
abastecidos de fiambres y fritangas,
y entre una y otra tienda hay un
mariachi. Es éste una tarima de pie y
medio de alto, dos varas de longitud y
una de anchura, donde toda la noche,
y aún de día, se bailan alegres jarabes al
son de arpa. ó de violín y vihuela, ó de
violín, redoblante, platillos y tambora,
en cuarteto aturdidor. Bailan hasta cuatro
personas á la vez en cada tarima, y
resuena por plaza y calles circunvecinas
el estruendoso tableteado del atronador
jarabe. Acompáñanle á veces de
canciones, y con tanta destreza le bailan
algunos campesinos, que colocan
sobre su cabeza un vaso colmado de
aguardiente ó una botella destapada y
llena de licor. y no se les caen, ni se derrama
una sola gota, en las vueltas vertiginosas
y otros movimientos rapidísimos
del baile. Rodeados están los mariachis
de una multitud agradablemente
entretenida y absorta en aquel bailar regocijado
y ruidoso.
Hombres y mujeres de los pueblos,
de las cortijadas, pasean por el jardín
desde el obscurecer; se aglomeran, se
oprimen, se empujan fuertemente, y en
los ángulos del andén forman masas
compactas, difíciles de contener y atravesar.
Con la muchedumbre aumenta el
calor en medio de la humedad de la noche;
todos transpiran en abundancia;
se siente-cálido el aire, y una tufarada
picante y hedentina.
Aquellas oleadas de pueblo, aquel
ruido de feria, aquella alegría de fiesta
van creciendo al paso que la noche
avanza.
Bajo las iluminadas tiendas de las
timbirimbas se agrupa una multitud ávida
de las emociones de la apuesta. y
más ávida del dinero apostado, y en silencio
ve correr el albur, hasta contiene
la respiración. Levéntanse en las puntas
de los pies los concurrentes que se han
quedado atrás, meten la cara entre las
cabezas de los de adelante, y cuando el
silencio es más profundo y la espectación
más viva, un murmullo sigue á la
aparición de la carta deseada por unos,
temida por otros. Se distribuyen montones
de pesos entre los gananciosos,
por la fortuna socorridos, y se recogen
las apuestas perdidas. Vense entonces
semblantes alegres, y otros melancólicos;
gente preocupada y pensativa; caras
de alucinados, de desengañados y
de arruinados.
Los beodos y los moceros están en
las cantinas, requebrando á las escanciadoras,
á las cantatrices, á las bailarinas
de jarabe; rasgueando las vihuelas;
cantando en coros discordantes; bailando
en las tablas; bebiendo, bebiendo,
pasando la noche en pública orgía.
A los sones de las murgas y de los
organillos, al estrueno de los bailes se
unen las voces de los que cantan, de los
que venden, de los que juegan, el rumor
de la multitud que pasea, y confundida
tanta variedad de sonidos, se oye en las
obscuras y solitarias calles distantes,
como un solo grito lejano de loca alegría.
En la calle de los tabancos hay en el
centro una hilera de numerosidad de
mujeres sentadas en frente de sus braceros,
donde sobre el comal hierven los
lardos y se aderezan las enchiladas.
Atrás, junto al soportal, se pone otra hilera
de mesas con tazas, pan, lechugas,
butifarras, aves desplumadas, piernas
de venado; y sentado á las mesas ó en
torno de los braceros, el pueblo bebe leche,
café, atole, ó en voraces dentelladas
y afanoso mandibuleo engulle ciervos.
pavos, gallinas, tocino, malcocinado
y enormes trozos de ternera. Chillan
las fritadas, y se difunde en toda esa calle,
y el soportal inmediato aquel olor de
embutidos y botagueñas.
Toda la noche se come, todo el pueblo
cena, se ahita y se da fuerzas para
una embriaguez hasta la amanecida.
La víspera de la Ascención del Señor,
principal día de la feria, afluye mayor
número de visitantes; se despueblan
los lugares circunvecinos. y la gente
no cabe en la villa. Los mesones,
atectados de forasteros, no dan lugar á
nuevos huéspedes; las fondas no tienen
para alimentarlos; presto quedan
desmantelados los tabancos, sin satisfacer
á su parroquia. En los pórticos y
soportales no hay dónde poner un pie,
sino sobre otro de persona sentada ó
que pasa; en el jardín apenas si puede
moverse aquella masa de seres humanos
que pasea: las calles adyacentes
son estrechas para la irrupción del gentío
que empuja y arrolla á los tomajones.
jugadores y curiosos de que están
rodeadas las mesas de ruletas, licores y
refrescos; el ancho atrio del templo cubierto
está de seres humanos, sentados
ó acostados.
Inmensa muchedumbre se agita
toda la noche en la plaza y en torno del
t e m p l o .
En el atrio se eleva altísimo castillo
de pólvora, cuyo incendio mantiene á la
múltitud en expectación hasta la mitad
de la noche. Los corredores de fuego se
suceden de la torre á la casa municipal,
/as cámaras dejan oirá largos intervalos
su ronco trueno como de cañón, y los
cohetes hienden el espacio y traquean
en las alturas, ó se deshacen en estrellas
titilantes de colores, en el fondo del
espacio obscurecido, y caen á manera
de bólidos.
En mitad de la noche se incendia el
castillo; se llena de resplandores, formados
por las girándulas en sus rápidas
vueltas,. se cubre de estrellones blancos,
dorados, azules, rojos, violíceos; se
deshace en áureo polvo; chirría al despedir
el aire comprimido entre sus bombas,
y se corona de rayos, despidiendo
cohetes que centellean entre las altas
sombras y atruenan las alturas en el silencio
de la noche. La torre el templo se
recorta en las tinieblas del espacio, iluminada
de brillantes colores por las luces
polícromas del castillo. En torno a
éste se difunden sus vívidas claridades,
sus radiantes fulgores, dejándose ver
las mil caras que le contemplan, rojizas,
azuladas, verdosas, y distinguimos entre
la multitud á personas conocidas,
ambelesándose en aquella quemazón
lúcida, preñada de colores, de llamas,
de chispas, de truenos y de nubes luminosas.
Parte del pueblo duerme en el atrio,
en el jardín. en los pórticos. en las calles
inmediatas; sobre las mantas donde se
tiende el pescado, al pie de los sacos
donde se le guarda; sobre las mesas
desnudas los chicuelos, y debajo de éstas
los adultos. Familias completas están
apiñadas, hechas racimos, mientras
otra parte del pueblo. la más numerosa,
prosigue en los juegos, se pasea en el
jardín, bebe y baila hasta el nuevo día.
Las comparsas de indios, venidas de
las cercanías, á la puerta de la iglesia
empiezan desde el amanecer del día de
la Ascensión, su acompasado y simétri-
CO danzar, al son de violines gemebundos.
Entarascados los matachines con su
gaitería, llevan en la cabeza un plumero
reluciente de espejillos, almilla morada,
nagüilla corta con lentejuela, cuentas,
cascabeles y otros pelitriques, media
rosada ó blanca y cendales nuevos. Al
hombro, gran mascada de vivos colores
y negra y larga cabellera; a la espalda la
aljaba, y en las manos sonaja, arco y
flecha.
Dispuestos en dos filas para danzar,
suenan los violines con notas lastimeras,
como llanto, como súplica llorosa, y
empiezan los ordenados movimientos,
las acompasadas evoluciones, con las
que trazan mil figuras, acompañando el
son triste é igual de los instrumentos con
el de los pies y las sonajas. En mitad de
la danza despiden alaridos, se hincan
de rodillas, se tiran de bruces, levantan
las manos al cielo en vueltas y saltos;
apuntan con las flechas y hacen ademán
de dispararlas; se cruzan, y, se rodea
de ellos el viejo enmascarado con
una carantamaula de cretino, el monarca
de luenga cabellera cana, director de
aquella comparsa emplumada, crinada
y vestida de todos colores.
Pasadas las misas, se estaciona el
baile en el interior del templo, en donde
las comparsas penetran danzando.
Ese día el furor de la feria llega á su
último límite, el entusiasmo á su más
alto grado: la bacanal del día es igual á
la de la noche, no cesan el baile, el juego,
la embriaguez, el paseo de tumultuoso
concurso en los pórticos y la plaza.
Después de la Ascensión va decayendo
la feria; empieza á dispersarse la
muchedumbre y el domingo siguiente
concluye todo; el lunes vuelve á su antigua
soledad y quietud la villa'